30 de mayo de 2006

Capítulo 5

Tras sufrir los primeros contratiempos, comprendí que mi aventura japonesa no presentaba visos de ser como yo la había imaginado y empecé a perder la moral, hasta el punto de que de haber sido capaz de encontrar el camino del aeropuerto de Narita, hubiera regresado a casa al día siguiente de mi llegada.

Los japoneses y los norteamericanos somos una verdadera antítesis. Partimos de orígenes bien distintos, mientras a Norteamérica llegaban mis antepasados, procedentes de diversos países con los que habían roto lazos patrióticos y personales, para crear un estado que sacaron de la nada, Japón consolidaba sus vínculos familiares y se aferraba a tradiciones incólumes hasta convertirse en la nación más antigua y más moderna de Asia. Los japoneses son un pueblo fatalista, orientado hacia la muerte, los estadounidenses somos optimistas por naturaleza. Nosotros dividimos al ente humano en cuerpo y alma, ellos, en dos almas que encarnan el bien y el mal. Un japonés no manifiesta nunca sus emociones, cree que no debe permitir que el peso de su tristeza recaiga sobre otro y tampoco está bien visto manifestar un exceso de alegría o satisfacción a fin de evitar que otra persona menos afortunada repare en su propia desgracia. Los nipones son gente subjetiva, amantes de la generalización y la demora, los americanos valoramos la precisión, la brevedad y la extroversión. En ocasiones, los japoneses parecen tímidos y torpes a los ojos de los norteamericanos y nosotros somos considerados, a su vez, resueltos, descarados e incluso groseros. También sorprende a los ojos profanos que los japoneses varones sean “maleducados” en su trato con las mujeres, a las que no ceden el paso ni ayudarán a ponerse el abrigo, y en el metro, por ejemplo, a menos que se halle en su último mes de embarazo o cargue en brazos con una criatura pequeña, ninguno le dejará su asiento. A ambos pueblos nos pone nerviosos en nuestras relaciones particulares no compartir las mismas normas, raramente sabemos qué esperar de los otros o cómo comportarnos. Los japoneses se sienten incómodos en sus primeros contactos con un extranjero y cuanto más amistoso me mostraba yo, más retraídos procedían ellos, eso radicaba posiblemente en su miedo a ponerse en evidencia o a avergonzar a los demás, lo que a fin de cuentas, para un japonés, es lo mismo.

Me hallaba inmerso en un mundo desconocido y curioso, donde todo me resultaba nuevo y contradictorio, las diferencias entre los Estados Unidos y Japón eran tantas y tan variopintas que mi seguridad y confianza hacían aguas.