Capítulo 4

A la mañana siguiente en mi cabeza resonaba un bombo y mi lengua era de estropajo. Me di una ducha helada, me tomé un puñado de aspirinas y me lancé a la calle.

Contaba con tiempo más que suficiente para llegar al trabajo, de manera que me propuse utilizar el transporte público. Para ello disponía de un mapa en inglés con las líneas de tren y metro que me habían regalado en mi hotel, miré el plano del derecho y del revés procurando orientarme entre las líneas de metro de la ciudad, magníficamente señalizadas con sus distintivos colores, y, nada, no lograba ubicarme. No sabía dónde me hallaba ni hacia dónde iba y ante tamaña incapacidad decidí guiarme por la intuición para dar con el andén.

Los japoneses manifiestan sus singularidades hasta para coger el metro. Se debe aguardar colocado en perfecto orden en los espacios marcados al efecto tras una línea amarilla y a ser posible, y para no desentonar del conjunto, hay que leer algo, un diario, un libro, un “manga”... Es requisito imprescindible encontrarse en excelente forma física para subir al tren sin perecer en el intento; como el metro en horas puntas calculo que va al 500% de su capacidad normal, existen unos empleados que vigilan el orden y también ayudan empujando a los pasajeros hacia el interior del vagón, por si alguien deja un brazo o una pierna fuera. Yo, siendo novato en aquellas lides, me quedé atrapado en medio del pasillo, sin posibilidad de alcanzar un pedacito de barra o una correa a la que agarrarme, estábamos tan apiñados allí dentro que era factible escuchar los latidos del corazón de la persona que tenías enfrente, y al arrancar el tren por poco pierdo el equilibrio y caigo sobre un señor en mi misma situación.

Las estaciones de metro anuncian la parada actual y la siguiente en letras más pequeñas. Con tanto lío de nombres extraños e indescifrables me perdí, había logrado apearme después de ir aplastando a los pasajeros que se interponían en el camino que me separaba de la puerta de salida y esta victoria pírrica me forzaba a hacer un trasbordo que rectificase mi error. Me encaminé a la taquilla, en el distribuidor automático de billetes los indicadores de rutas y los precios correspondientes estaban escritos en el ideograma “kanji” y evidentemente no me sirvieron de nada. No conseguía identificar la línea a tomar, iba a estallar de impotencia y un alma caritativa se apiadó de mí, era un empleado del metro que, muy amablemente, me despachó el billete.

Comprobé la hora, después de tantas peripecias todavía era temprano. Estoy convencido que de no haber sido así, me hubiera desplomado allí mismo víctima de un fulminante ataque al corazón.

Antes de salir a la calle, ahora en mi estación de destino, me dediqué a estudiar la manera de obtener un tique. Los botones de la máquina expendedora tenían escritas, al lado de los signos japoneses, una palabras en ¿inglés?, que tampoco me aclaraban mucho: “otona”, “kodomo”, “futari”, me sonaban a lo que eran, chino. Aquello se convirtió en una cuestión de orgullo, si los niños eran capaces de adquirir solos sus billetes, yo no sería menos. Otra vez tuvo que ser un servicial empleado de la compañía quien me sacara del apuro, mediante gestos me aclaró que aquellas palabras significaban: adultos, niños y parejas, o eso entendí yo.

Puede estar concebido como una maravilla de eficiencia y comodidad, pero el metro fue una de mis primeras pesadillas en Tokio.