16 de mayo de 2006

Capítulo 3

Llegó el momento más temido y esperado, mi primer día de trabajo. Comencé mal desde el principio, acaso porque era día nueve y en Japón el nueve es un número de mal agüero que aporta sufrimiento. Ante mi absoluta incapacidad de moverme en una ciudad extraña, tomé un taxi para acudir a mi empresa. Craso error. Dado que yo no hablaba ni una palabra de japonés, le entregué al conductor una tarjeta con las señas a las que debía llevarme, pensando que arribar a mi destino sería un camino de rosas, y nada más lejos de la realidad. El hombre arrancó como una bala y condujo, cual arrojado “kamikaze”, esquivando coches a gran velocidad, parando en seco y girando a derecha e izquierda con una brusquedad que me puso el corazón al borde del colapso. En medio de una avenida atestada el chofer frenó de golpe, me dijo algo que no pude comprender y acto seguido bajó del auto dejándome solo en medio de un atasco inenarrable. Yo no atinaba a reaccionar, o bien el taxista era nuevo y no tenía idea de por dónde andaba o pretendía tomarme el pelo, ya no sabía a qué atenerme. Miré el reloj, faltaban ocho minutos para la hora acordada en que debía presentarme a mis superiores y me encontraba en un taxi, frenético, sin entender lo que pasaba y sin posibilidad de comunicarme con nadie.

Al poco el conductor regresó, en mi vida me he alegrado tanto de ver a una persona, imagino que fue a consultar la ruta a seguir, porque en Tokio hay que poseer poderes paranormales para dar con una dirección. Las calles carecen de un nombre que las identifique, el número de los edificios no guarda un orden correlativo y es inútil preguntar a alguien, ya que “saber” está considerado de mala educación y nadie te responde. Nos pusimos otra vez en marcha, era imposible que llegase a tiempo y ni siquiera conocía cuál era la distancia que me separaba de la oficina. Finalmente el auto se detuvo ante la puerta de mi compañía y yo respiré aliviado, pagué el abusivo precio de la carrera, por suerte no se admiten propinas, y entré en el edificio.

Hallar el departamento al que tenía que dirigirme constituyó una heroicidad por mi parte y cuando lo conseguí, me topé frente a un grupo de personas en posición de firmes que cantaban. Yo di un paso atrás para no interrumpir, y al acabar los cánticos un hombre avanzó hacia mí y me habló en un inglés que, francamente, me costó entender. Me dio la bienvenida y a continuación me invitó a acompañarle, él era mi superior inmediato, Hideaki Sagisu. Me disculpé de la mejor forma por mi tardanza, pero en su cara vi que estaba contrariado, los japoneses son de una puntualidad ejemplar y comparecer a la hora convenida se considera la primera de las cortesías. La angustia se había apoderado de mí, bonita forma de iniciarme en el trabajo.

Me presentaron al grupo de hombres que serían mis condiscípulos y, ya de entrada, nos hicimos un lío tremendo con los saludos, si yo alargaba la mano, me devolvían una reverencia, y al intentar inclinarme ante alguno de ellos, él me ofrecía su mano, fue una coyuntura llena de confusión que nos incomodó bastante a todos.

Por consejo de mis superiores en San Francisco, me había pertrechado con una buena cantidad de tarjetas de visita escritas en inglés y en japonés, las repartí casi en su totalidad durante los primeros diez minutos que pasé saludando a personas sonrientes que me reverenciaban y me hablaban con una celeridad que apenas me daba ocasión de escuchar sus nombres y recordar sus caras. En tan breve espacio de tiempo cometí un montón de incorrecciones, entre las más graves, la de no ofrecer mi tarjeta a la persona de mayor rango en primer lugar e ir guardando las que me entregaban sin siquiera mirarlas. Los japoneses son muy considerados para estas cosas, ellos recogían mi tarjeta con las dos manos, hacían un gesto de agradecimiento y, después de leerla, la guardaban en una carterita cuya única misión aparente era la de almacenar las tarjetas propias y ajenas.

La toma de contacto con mi entorno laboral estaba resultando indescriptible. Mis compañeros hablaban un inglés que, por decir algo, sonaba chocante, sus nombres me eran ininteligibles e impronunciables y lo más curioso es que todos se llamaban igual: Umetsu-san, Kitakubo-san, Nakamura-san, Kiyoaki-san... y pretendían que mi apellido fuese, asimismo, semejante. Me costó un gran esfuerzo hacerles comprender que mi nombre era Harris, no Harris-san, como ellos me decían. Por su parte, también les llevó trabajo hacerme entender que “san” era la forma de cortesía para tratar a las personas, vendría a ser el equivalente a señor, con el que yo estaba más habituado. A mi perplejidad en aumento cabría agregar, además, la generada por la fisonomía de mis colegas, todos me parecían idénticos entre sí.

Me notaba agobiado, fatigado y particularmente estúpido. El cambio de horario me había despertado a las dos de la madrugada, y al llegar el mediodía estaba muerto de sueño y había de hacer esfuerzos sobrehumanos por no bostezar. De siete “alumnos” que realizábamos aquel curso preparatorio, yo era el único extranjero, y eso me hacía sentir un bicho raro. En medio de un homogéneo grupo de hombres vestidos de azul, yo ponía la nota disonante con mi traje gris, todos eran de mediana estatura, delgados y morenos; yo alto, atlético y rubio, y mientras ellos tomaban notas a velocidades supersónicas, yo luchaba por no caerme dormido sobre la mesa.

La jornada laboral acabó, yo sólo ansiaba regresar a mi hotel y meterme en la cama, pero el destino tenía previstos otros planes para mí. Mis compañeros me invitaron a tomar una copa y, aunque al principio me negué educadamente, no tuve más remedio que acompañarles por temor a ser descortés con ellos. Entramos en un bar cercano y alguien pidió una ronda de cerveza, tras la cual pensé que podría despedirme hasta el día siguiente, qué iluso. Fuimos de bar en bar tomando una cerveza detrás de otra, hasta que todos, incluido yo, que nunca he bebido en cantidades astronómicas como lo hice aquella noche, estábamos más que contentos. La reunión transcurría animada, mis acompañantes se esforzaban en hablarme con su particular acento inglés y yo, que a esas horas era un autómata, sonreía a diestro y siniestro, asintiendo con la cabeza y sin enterarme de nada. Con tanta cerveza, mi vejiga amenazaba con estallar, así que le pregunté a uno de mis colegas dónde estaba el servicio y él me miró muy extrañado, porque servicio, en japonés, significa descuento en una compra; otro compañero, comprendiendo mi problema, me indicó el sitio en cuestión. Después de liberarme de varios litros de cerveza abandoné el “benjo” o lugar conveniente, con tan mala fortuna que en el instante en que yo salía de allí una señorita intentaba pasar. ¡Cielo santo! Acababa de cometer la imperdonable equivocación de meterme en el lavabo de mujeres. Avergonzado, le pedí disculpas a la joven, obviando la probabilidad de que no comprendiera mis palabras, y escapé a toda prisa del escenario del crimen. Menos mal que el baño resultó ser unisex y pude recuperarme de mi turbación, porque ya había infringido demasiadas normas ese día.

Tras siete rondas de cerveza, algún güisqui y el obligado sake, creí que habría de salir arrastras del último bar, aunque, por increíble que parezca, conservaba el equilibrio. Ojalá hubiera ocurrido lo mismo con mi sentido de la orientación, que si ya era pésimo en condiciones normales, aquella noche me impedía encontrar incluso el bolsillo del pantalón.

Pese a estar escamado por el incidente matutino, intenté parar un taxi que me devolviera a mi hotel, pero éste pasó de largo. A mi lado, un tipo en un estado de embriaguez mucho más patente que el mío consiguió que el taxista se detuviera, había alzado dos dedos de la mano para conseguirlo, de modo que imité su gesto confiando en tener más fortuna. Dio resultado, al cabo de unos minutos logré mi objetivo, lo malo fue que me salió algo caro, aquella señal con dos dedos quería decir que estaba dispuesto a pagar el doble por la carrera, suerte que no se me ocurrió subir tres, que hubiera significado el triple.

Finalizada la azarosa vuelta al hotel y cuando me vi en mi habitación, me tiré en la cama rendido. Es cuanto recuerdo de mi primera reunión social en Tokio.