9 de mayo de 2006

Capítulo 2

Si la primera impresión es la que cuenta, Tokio superó con creces todas mis expectativas. Era... Es difícil de expresar, no hay palabras capaces de describir el shock que sufrí a mi llegada.

Todo me resultaba desconcertante. En la gran urbe, la más pura tradición milenaria convive sin conflictos con la vanguardia futurista del siglo veintiuno, seguramente para los japoneses esta contingencia no supone ningún trauma, sin embargo, a mí me producía un efecto turbador, la amalgama sin transición de pasado y presente me dejaba desorientado. Los santuarios se hallan al lado de los rascacielos y los apartamentos de estilo medieval se mezclan con edificios pintorescos, como el de una compañía de telecomunicaciones, que está coronado por un gigantesco teléfono.

Tokio es una megalópolis ruidosa en extremo, durante el día el tránsito humano y de vehículos te engulle y por la noche los martillos neumáticos, que realizan su trabajo para no estorbar la circulación diurna, atruenan con su repiqueteo incesante, y es que la capital está permanentemente en obras. La cacofonía de Tokio derrenga los nervios, se mezcla el murmullo de la gente que habla, los megáfonos anunciando a grito pelado cualquier artículo, sirenas de ambulancias o de policía, excavadoras que perforan la tierra, helicópteros, el tren, que puede pasar a dos metros de las casas. No me extraña que Tokio sea la primera ciudad del mundo en consumo de tranquilizantes.

La presión de la multitud es agobiante y la lucha por el espacio vital llega a provocar una angustia estremecedora. Las calles son una mixtura confusa de peatones y vehículos luchando ferozmente por conseguir avanzar en un espacio tan abarrotado que causaría claustrofobia a cualquiera. El problema del espacio es acuciante, supongo que está directamente vinculado con la insularidad de Japón y su imposibilidad de expandirse, y esto genera un desasosiego entre los habitantes, que se hallan continuamente sometidos a una forzada compresión. Valga a título ilustrativo saber que hay restaurantes cuya capacidad máxima es de cinco personas, con esto uno ya es capaz de hacerse idea de lo que es vivir en una caja de cerillas.

Resumiendo, que todo era exótico, sí, aunque diametralmente opuesto a como yo lo imaginaba.