2 de mayo de 2006

Capítulo 1

Desde hacía unos meses mi vida era, definida en pocas palabras, un caos. Mi relación con Dianne naufragó después de tres años de convivencia, y yo quedé sumido en una especie de languidez depresiva que me mantenía prácticamente en estado vegetativo. Todo dejó de tener sentido, no comía, no dormía y no salía de casa excepto para acudir al trabajo. La preocupación de mi madre aumentaba de forma proporcional a mi deterioro físico y psíquico, insistió mucho en que me fuera a vivir con ella y con mi padre, y al final, no sé si harto de oírla repetir que necesitaba que alguien me cuidara o porque llegué al convencimiento personal de que solo acabaría majareta, volví de nuevo al hogar paterno. A mis treinta años, los mimos y las atenciones de mi madre me hacían sentir de nuevo un niño, aunque sería injusto no reconocer que gracias a sus abnegados cuidados iba remontando la crisis.

Me sentía terriblemente solo, cansado y asqueado. Incluso el trato que mantenía con mis amigos se había enfriado un tanto, ellos tenían pareja estable y su felicidad, en mi lamentable estado anímico, me resultaba insultante. Por eso, cuando mi empresa me propuso enviarme a Tokio a fin de realizar un curso que me convertiría en el enlace mercantil con la central japonesa, no lo pensé dos veces.

Nada me retenía en San Francisco y pasar un año y medio en Japón, lejos de los dolorosos recuerdos que me acechaban, me pareció una oferta estimulante. Yo soy un hombre activo e inquieto y en ese preciso instante me urgía una inyección de adrenalina, así que hice apresuradamente las maletas y me embarqué rumbo a Tokio dejando a mi afligida madre llorando en el aeropuerto.