1 de noviembre de 2007

Colofón


La novela Japón versus California concluye aquí.
 
Espero que sea de tu agrado y que disfrutes de la lectura.

María Dubón

Capítulo 80

Aquella noche recapitulé mi vida desde el momento en que partí de San Francisco y aterricé en Narita en calidad de “gaijin”, con la maleta llena de aspiraciones que se esfumaron nada más salir a la calle y contactar con la realidad de un pueblo del cual no sabía nada y de sus gentes, que eran igual que extraterrestres para mí.

Había sufrido la lejanía de mi hogar y de mis seres queridos, agravada por la sensación de culpa constante, la presión del trabajo, la ausencia de relaciones amistosas, el espantoso aislamiento que te invade al estar solo entre millones de personas desconocidas que te miran recelosas. De no haber sido por Midori, dudo mucho que hubiera logrado superar este desafío. Gracias a su amor y generosa entrega se me hizo más llevadera mi estancia en Tokio y ahora, sin ella, mi vida no tendría sentido.

Midori es el complemento que necesita mi alma, puede confortarme si estoy triste, comparte mis alegrías, sabe escuchar mis silencios, su sensibilidad me ha cambiado, me he transformado en otra persona. El budismo japonés utiliza dos palabras que definen la respuesta emocional del enamoramiento. Para ellos, existen dos estados en el ánimo de una persona, definidos como “nin” y “ten”. El “nin” es un estado de tranquilidad cotidiana, la paz y el equilibrio que permiten al hombre hacer una vida consecuente cada día. Este estado de ánimo da soporte a las ideas personales, las capacidades, los conocimientos; representan la armonía individual. Opuesto a este estado del alma, el “ten” es considerado como un momento extraordinario de emoción, de excitación, de descontrol, de capacidad para hacer entrega abnegada de uno mismo. Es en este estado de “ten” cuando un hombre se enamora, éste es el tiempo de amar. Éste es mi tiempo junto a Midori.

Aquel viaje a Zipango, la tierra del oro, ha tenido una repercusión inusitada en mi existencia. Mi corazón, dividido entre Oriente y Occidente, mantiene el difícil equilibrio entre dos mundos desemejantes y a la par análogos. He aprendido que un hombre puede ir disfrazado de “samurai” o vestir la camiseta de los Lakers, sólo es un hombre, y esta verdad incuestionable nos iguala a todos y debería bastar para romper con los estereotipos que basándose en las diferencias físicas, raciales, étnicas o sexuales separan a la gente.

Seguramente, habrá un día en que mi hijo se interese por sus orígenes y yo reviviré para él mi odisea japonesa. Para entonces, los recuerdos amargos sólo serán divertidas anécdotas y nos reiremos juntos de ellas, incluso es probable que Ken también comparta mi sorpresa por lo que para mí constituían insólitas novedades. Aunque estoy convencido de que mi hijo, por la parte que le concierne, escuchará con suma avidez el capítulo referente a la brava lucha que sostuve contra el terrible “monstruo” Akira, y que, al final, terminó en tablas.





メデタシの評価の基準と教材

¡Medetashi! ¡Medetashi!

27 de octubre de 2007

Capítulo 79

La estancia de mis suegros en San Francisco resultó corta pero intensa. Entre todos nos las ingeniamos para ofrecerles una variada muestra de la ciudad, visitaron Alcatraz con mis padres, navegaron por la bahía bajo el Golden Gate con Daniel y su familia, Jane y Dennis les acompañaron al bosque Muir para contemplar sus gigantescas sequoias, Midori y yo les llevamos al Japan Center, a Chinatown e hicimos un obligado recorrido en tranvía, y también fuimos mi suegro, mi padre y yo a ver un partido de los Giants, porque Akira era un forofo del béisbol. En fin, me atrevería a asegurar que la visita fue un éxito sin precedentes.
El día de su partida, Midori y yo les acompañamos al aeropuerto. Nos esforzamos por no aparentarlo, pero estábamos tristes. En el momento del adiós hice una reverencia a Akira y le alargué la mano, él tiró de ella forzando una aproximación y cuando me tuvo lo suficientemente cerca, me abrazó. Yo también le abracé, comprometiéndome a cuidar personalmente el precioso jardín que había dejado en nuestra casa.

Chinako me estrechó con sus manos.

_Bruce-san, mi marido te aprecia más de lo que demuestra _me dijo en un susurro para que él no la escuchara.

_Lo sé _le respondí con igual secreto.

Midori se despidió de ellos bastante afectada y les prometió acompañarme a Tokio en mi siguiente viaje de negocios.

20 de octubre de 2007

Capítulo 78

Ya en nuestra casa, Midori se encargó de bañar a Ken y de que se tomase la medicación y luego Chinako intentó en vano hacerle dormir, no había manera de calmarlo hasta que vomitó y, vencido por el agotamiento, se quedó dormido. Nosotros improvisamos una cena rápida y nos fuimos enseguida a la cama. Yo estaba baldado, Midori me dio un masaje en la espalda para relajarme y me animó diciéndome que sus padres estaban muy orgullosos de nuestros logros y de mí.

_¿De veras te han dicho que están orgullosos de mí? _recelé.

_Sí, mi padre ha reconocido que eres una persona honesta y responsable y ahora sabe que no le defraudarás ni le engañarás.

¡Vaya! Finamente, y después de mucho emperrarme, había logrado la cuadratura del círculo.

Me pareció escuchar el llanto de Ken, me levanté sonámbulo y para cerciorarme de que se encontraba bien entré en su cuarto, Akira lo mecía en sus brazos y le susurraba algo en japonés. El niño le miraba con los ojos fijos, había dejado de llorar y observaba atentamente a su abuelo que estaba conmovido. Al reparar en mi presencia, Akira hizo un movimiento para entregarme a mi hijo, pero yo preferí que lo sostuviera él.

Fuimos los tres a la sala, Akira se sentó sobre la alfombra con la espalda apoyada contra el sofá, Ken no dejaba de mirarle, y yo me coloqué frente a ellos sentado en la butaca.

_Un hijo es un manantial de gozo que brota del corazón de un hombre cuando se convierte en padre. Su risa es tu alegría y su llanto tu dolor. Morirías por él, matarías por él, hasta tales excesos te arrastra el amor filial _dijo Akira como si hablase consigo mismo, luego me miró a mí_ Yo, que tuve que crecer sin un padre que velase por mí, he cuidado excesivamente de mis hijas, las he protegido de cualquier mal con el afán egoísta de evitar mi propio sufrimiento. Temía que tu amor por Midori me arrebatase a mi hija y cometí el error de oponerme a vuestra relación sin percatarme de que era yo mismo quien la alejaba de mí con mi intransigencia _Ken estaba gimiendo en sueños y Akira se interrumpió un segundo para después continuar_ Bruce-san, tú eres paciente, fuerte e inteligente. Veo el sentimiento que te une a mi hija, tú le proporcionas la felicidad que merece y yo soy dichoso por ella, por vosotros y por vuestro hijo.

Mi corazón estaba compungido, me había sorprendido la declaración de mi suegro, y aunque deseaba expresarle mis afecciones, no hallé la manera de hacerlo. Los norteamericanos sentimos la necesidad de exteriorizar nuestras emociones, sin embargo, para los japoneses cuanto más profundos son los sentimientos, menos hay que hablar de ellos; con un japonés todo queda sobreentendido, la consideración por una persona está llena de delicadeza, y creo que Akira entendió perfectamente lo que yo sentía sin que fuera preciso decírselo. Aquella coraza de acero bajo la que se escondía ocultaba un alma delicada y sensible que había sufrido mucho, y ahora que yo también era padre me hallaba en situación de comprender su preocupación por Midori. Hubiera sido injusto censurarle por desear lo mejor para su hija.

13 de octubre de 2007

Capítulo 77

Era domingo, y antes del mediodía nos presentamos en casa de mis padres. Yo estaba especialmente nervioso, mi familia también, y Akira y Chinako supongo que no nos iban a la zaga.

Mi padre y mi madre nos recibieron en la puerta, hice las presentaciones oportunas y pasamos dentro, presenté a mis suegros a los demás y mamá sirvió un vermut. El ambiente era sumamente frío entre nosotros, nadie acertaba a hacer o decir nada por temor a cometer alguna incorrección que molestase al otro bando, porque lo cierto es que parecía que estuviéramos divididos en dos equipos rivales. Mi padre entabló conversación con Akira acerca del viaje, Chinako sonreía y hacía reverencias, Midori y Susan entretenían a Ken y el resto de nosotros nos mirábamos con cara de circunstancias.

Hasta que llegó la hora de comer, todo se iba desarrollando más o menos según lo previsto. He de alabar el mérito de mi familia, que respetaba escrupulosamente mis indicaciones hasta el extremo de que ni yo mismo les reconocía. No eran ellos. Les había asignado a cada uno su papel y se habían prestado a representarlo porque sabían que era esencial para mí. En casa, las reuniones familiares siempre habían sido bulliciosas, la comida era el momento en que todos explicábamos nuestras cosas, gritábamos, reíamos, discutíamos. Incluso Midori nos miraba como si no nos conociera.

Chinako había querido contribuir al ágape con un plato típico de Japón, “chirashi-zushi”, un arroz avinagrado con láminas de gambas, almejas, tortilla francesa y guisantes, y nos explicó, con algunos apuros lingüísticos, que esta especialidad que se toma con frecuencia en las casas se ha convertido en parte esencial de la comida durante el Festival de las Muñecas. Fue Akira, con mayor seguridad en el uso del inglés, quien nos relató en qué consiste dicha celebración.

_El tres de marzo, fecha de la festividad, las niñas muestran las muñecas “hinaningyo” y copas de sake blanco dulce, hecho con arroz y levadura de “koji”. Ése es el único día del año en que a las niñas les está permitido tomar alcohol y beben un poco de ese sake.

Susan apartó en un rincón de su plato las almejas que le habían servido porque le producían cierta aprensión y su madre se apresuró a indicarle con un ademán que no las rechazase, puesto que su negativa a comerlas podría molestar a Chinako, pero Chinako reparó en el aviso y la disculpó comentándonos que a los japoneses siempre les han gustado las almejas ya que nunca se encuentran dos iguales, y ésa es la razón por la que constituyen el símbolo de la armonía y felicidad de una pareja.

Durante el transcurso de la comida intercambiamos curiosidades de ambas culturas y la atmósfera enrarecida con la que iniciamos el encuentro se fue haciendo paulatinamente más respirable. En mitad de la sobremesa, Ken se puso a llorar, le habíamos dejado en el gabinete para que pudiera dormir tranquilo y Susan salió corriendo a buscarlo regresando con él en brazos. Todas las miradas se fijaron en el pequeño Ken que abría la boca mientras se frotaba los ojos. Los respectivos abuelos se disputaban el honor de cogerlo y entretenerlo y Midori y yo nos dirigimos un gesto de connivencia felicitándonos por el buen curso de los acontecimientos. La tertulia prosiguió animada, bebimos sake, probamos unos deliciosos pasteles de camote que había preparado Chinako y Akira nos recitó un “haiku”, un poema corto de tres versos que no riman y que para cualquiera que no sea japonés versado carece de sentido alguno.

_Un pulpo dormita/ ociosamente pensativo en la olla/ Y, por encima, la luna de verano.

Ante nuestra incapacidad notoria para entender el significado de aquella poesía y su, para nosotros, aparente falta de lirismo, Akira nos explicó que aquel “haiku” fue escrito por Matsuo Basho hace trescientos años, y que en él se puede apreciar el sentido humorístico del pathos que representa el pulpo del poema y que nos recuerda nuestro propio destino, vivir con muchas expectativas que luego terminan en nada. Le agradecimos sus explicaciones y nos quedamos sin captar la vis cómica ni la filosofía existencialista del poema en cuestión.

Había transcurrido media tarde y Ken empezó a ponerse insoportable, se le veía molesto, lloraba con un gemido ronco y estaba acalorado. Rose le tocó la frente.

_Está ardiendo. Voy a buscar el termómetro _exclamó alertada.

Midori cogió a Ken y yo me acerqué a ellos, después de tomarle la temperatura decidimos llevarle a urgencias, tenía casi treinta y nueve grados y no paraba de llorar. Midori y yo salimos alarmados hacia el hospital y los Takakura se quedaron a la espera de nuestras noticias en casa de mis padres.

Tras una exhaustiva exploración clínica, el pediatra que reconoció a Ken nos tranquilizó, según parecía, no era nada grave, se trataba de un simple resfriado complicado con una ligera otitis, nos extendió una receta con los medicamentos que debíamos administrarle y regresamos a casa para recoger a los padres de Midori. ¿Sufría una alucinación o Akira y mi padre reían amistosamente? Y yo que estaba convencido de que los músculos faciales de mi suegro no estaban preparados para reír. Era sorprendente la escena que contemplaban mis atónitos ojos, todos estaban la mar de divertidos charlando y el tema de conversación era yo, mis padres les narraban a los Takakura trastadas de mi infancia, y los traidores de mis hermanos añadían algunos detalles jocosos que no me dejaban muy bien parado. No pude enfadarme con ellos, para mí lo primordial aquel día era que ambas familias hubieran congeniado tan rápidamente.

6 de octubre de 2007

Capítulo 76

Concertamos un encuentro para que los padres de Midori y los míos se conocieran. Aquel fin de semana mi familia iba a reunirse al completo para compartir un almuerzo de confraternidad en el emplazamiento donde tenían lugar los actos sociales importantes, el salón de casa de mis padres. La víspera pasé por allí para darles a todos instrucciones en lo referente al trato que habían de dispensar a los invitados y el comportamiento que deberían observar durante el encuentro. Los senté en la sala y comencé con mi perorata.

_Prestad mucha atención a lo que voy a deciros porque es muy importante para mí que todo salga bien. Debéis llamar a los padres de Midori añadiendo “san” a sus nombres. Seguramente traerán un regalo, se lo agradecéis sin que se os ocurra preguntar qué es y menos abrirlo en su presencia. Papá, tú le ofrecerás la cabecera de la mesa a Akira para que se siente y él la rechazará, debes insistir al menos otra vez y luego dejar que se coloque a tu derecha. Recordad que los japoneses son callados y tranquilos, no acostumbran a expresar sus opiniones abiertamente y jamás dicen no de una forma directa, prefieren eludir el tema con una vaguedad del tipo: lo pensaré o es posible. Hablad despacio para que Akira pueda entenderos, él nunca admitirá que no ha comprendido lo que le habéis dicho, no le corrijáis si comete alguna incorrección con el idioma. No repitáis vuestras ideas para aclararlas o pensarán de vosotros que sois poco sinceros y que intentáis jugársela, y tened presente que los japoneses sonríen siempre, aunque estén decepcionados, sorprendidos, encolerizados o tristes.

Me interrumpí para repasar la lista de normas que había elaborado.

_¿Y si olvidamos algo? _preguntó Susan bastante confusa.

_¿La señora “Taricura” no habla inglés? _quiso saber mi madre inquieta.

_Es la señora Takakura, trata de no olvidarlo. No domina el inglés, aunque se puede expresar medio bien si se le da tiempo a ordenar las palabras _dije echando humo por las orejas.

_¿De qué temas podemos conversar con ellos? _inquirió Jane.

_¡Qué sé yo! _respondí cabreado_ Del tiempo.

Daniel intervino para decirme lo que temía escuchar.

_Creo que te estás pasando de rosca, Bruce. Nos has contagiado tu histeria.

_Es cierto _admití desesperado_ Sed vosotros mismos.

Mi padre, que había permanecido callado durante mi discurso, me llamó en un aparte para decirme.

_¿Te importa mucho ese hombre, verdad?

Le miré confundido y no respondí.

_Intentas desesperadamente que te acepte y no sé si éste es un buen método, hijo. Entiendo que lo haces por aliviar la pena de Midori, pero tú no eres el culpable de la tirantez que os separa y no tienes que sentirte mal por eso. Eres una persona estupenda y peor para él si no sabe apreciarlo _continuó mi padre.

_Papá _dije antes de abrazarme a él como si fuera el último salvavidas en el naufragio del Titanic.

29 de septiembre de 2007

Capítulo 75

Ken se despertó de madrugada, era mi noche de guardia, de manera que me tocó levantarme. Le di el biberón, le cambié los pañales y lo volví a dejar en su cuna. Aún no había salido de la habitación cuando comenzó a llorar de nuevo, intenté calmarlo, pero en vista de que el llanto se alargaba y para que no despertase a todos, bajé con él en brazos y nos tumbamos en el sofá del salón. Ken quería jugar, y de nada sirvieron mis esfuerzos por hacerle entender que su sacrificado padre necesitaba dormir un rato antes de ir a la oficina.

Debí quedarme dormido con Ken recostado sobre mi pecho porque de improviso me despertó un grito fuerte seguido de un ruido indescriptible, el corazón se me subió a la garganta, me incorporé de inmediato y con mi hijo dormido entre los brazos me acerqué hacia el lugar de donde provenía el sonido. Pasaron unos segundos antes de que pudiera discernir entre si tenía una pesadilla o estaba viendo a mi suegro realizar unos metódicos movimientos con una espada en la mano. Mis ojos no eran una referencia muy fiable en aquel instante, aunque estaba casi seguro de que era Akira quien se movía por el otro extremo del salón blandiendo una espada de bambú. Me acerqué hasta él para corroborar mis sospechas, Akira practicaba “kendo”, no vestía la camisa cruzada, ni los pantalones amplios en forma de falda, tampoco llevaba careta ni peto, pero con su espada realizaba una especie de entrenamiento ritual, me quedé allí de pie mirándole ejecutar su depurada técnica. Al finalizar sus ejercicios se disculpó por haberme despertado y me explicó que cada día al levantarse practicaba “el camino de la espada”, que además formaba parte de su entrenamiento como policía. Se sentía muy orgulloso de seguir esta disciplina que pone especial énfasis en la paciencia y que mantiene en la actualidad el auténtico código de valores morales del “samurai”.

22 de septiembre de 2007

Capítulo 74

Con la de catástrofes aéreas que se producen anualmente y la de aviones que secuestran cada año y el de mis suegros tomó tierra en San Francisco sano y salvo y a la hora prevista, ni siquiera traía retraso.

El cansancio acumulado que arrastraba desde que nació el niño me impedía sentir los nervios que me provocaban aquella visita. Mis anteriores reuniones con Akira habían durado solamente unas horas, y este tiempo fue más que suficiente para que por una u otra causa se suscitasen discrepancias entre nosotros. Ahora lo tendría alojado en mi casa durante ¡diez días!, le vería por la mañana, por la tarde, por la noche. Desayunaríamos juntos, cenaríamos juntos... Aquello podía acabar muy mal.

Saludé a mis suegros, recogimos el equipaje y efectuaron el trayecto del aeropuerto a casa mudos. Akira ocupó el lugar de honor en el coche, que según los japoneses es el asiento de atrás del conductor, y Chinako se puso a su lado. Yo les señalaba algún monumento o cualquier otro punto de interés turístico y ellos observaban con curiosidad cuanto pasaba ante sus asombrados ojos nipones.

Al llegar a casa Midori salió a recibirles con el pequeño Ken, Akira sonrió emocionado y tomó al niño en brazos con cuidado, luego se lo enseñó a Chinako que apenas conseguía contener las lágrimas. Les hicimos pasar a la sala, brindando a Akira el puesto de preferencia, que es siempre el más alejado de la puerta. Observé al máximo los pequeños detalles, no quería vulnerar la susceptibilidad de mi suegro dándole motivos de queja.

Se sentaron en el suelo, alrededor de la mesa pequeña y les ofrecimos un té. Cuando estuvieron más descansados les invitamos a conocer nuestro hogar, casi no podían creer que viviésemos nosotros solos en aquella mansión, y la verdad es que comparada con los cuarenta y nueve metros cuadrados de su vivienda en Tokio, nuestra casa era el Palacio Imperial. Les agradó mucho que la decoración incluyera algunos aspectos del tradicional estilo japonés que expresa el sentido estoico de la estética, el “wabi”, simplicidad y quietud, el “sabi” soledad y retiro y el “jimi”, modestia, y agradecieron a Midori el arreglo floral “ikebana” que había confeccionado para el que sería su cuarto. Al mostrarles el patio posterior, Akira sugirió que podíamos aprovechar el espacio para crear un pequeño jardín que terminaría de darle armonía a la vivienda, y se ofreció para, con mi permiso, poner algunas plantas. Acogí su propuesta reconocido y le dije que estaríamos encantados de que transformase aquel espacio en un vergel.

Después de dejar instalados a sus padres, Midori se retiró a la habitación para darle el biberón a Ken y yo fui a la cocina para ultimar los preparativos de la cena. Akira y Chinako aparecieron vistiendo sus “yukata”, se sentaron a la mesa y empezamos a cenar. Akira estaba muy comunicativo y no cesaba de elogiar a Midori y a su hijo, parecía haber olvidado que también era mío o acaso no deseara ni acordarse de ese detalle que ensombrecía su dicha. Mientras Midori y sus padres aprovechaban la sobremesa para hablar en japonés de sus familiares y amigos y se ponían al día en los avatares acontecidos en sus respectivas vidas desde su separación, yo me fui a la cocina a preparar el último biberón de Ken.

Me despedí de ellos, que continuaron charlando, y me fui a acostar. Me sentía feliz por Midori, para ella significaba mucho la visita de sus padres, y para mí también, aunque por otros motivos bien distintos.

21 de septiembre de 2007

Capítulo 73

Habían pasado dos meses desde el nacimiento de Ken y mi vida volvía muy lentamente a recuperar la estabilidad. Podía dormir unas cuatro horas seguidas cada noche, mis comidas seguían un horario ligeramente menos anárquico, ya me había adaptado al ritmo que Ken nos marcaba, las ojeras instaladas bajo mis ojos como perennes sombras negras se volvían grises, era un as cambiando pañales y dando el biberón, Midori volvía a ser mi mujer, además de la madre de mi hijo, y para colmo de bendiciones y por si mi dicha no era completa, Akira y Chinako amenazaron con venir a conocer a la criatura.

15 de septiembre de 2007

Capítulo 72

No hay palabras que puedan describir lo que se experimenta al tener el pequeño cuerpecito de tu hijo agitándose entre tus brazos. Uno no puede evitar sentirse orgulloso de su obra y abrumado por el peso de la responsabilidad, experimentas sentimientos contradictorios: felicidad, temor. Piensas si serás capaz de educarlo correctamente, de cuidarle como es debido, de ofrecerle el amor justo para no crearle traumas por defecto o por exceso.

Superada la fase inicial que te mantiene en un estado de idiotez absoluta durante los primeros días, toca enfrentarse con la realidad. El bebé llora cada tres horas reclamando alimento, hace pipí continuamente y regurgita leche agria sobre tu camisa limpia justo antes de que salgas a trabajar. Te obliga a pasar noches en vela intentando desesperadamente hallar la causa de su llanto, y cuando has eliminado todos los posibles y terribles males que le acechan, le has cambiado el pañal por enésima vez, has probado a darle de comer, le has cantado todas las canciones que tu cerebro ha logrado recordar y te debates entre la opción de llevarle rápidamente al servicio de urgencias más próximo o estrangularlo sin contemplaciones, el niño se duerme al fin. Vas a acostarte porque ya no te sostienes en pie, miras la cama como el destino más deseable y antes de caer rendido sobre ella suena la alarma del despertador anunciándote que es la hora de levantarse.

Pasas el día igual que un zombie, tomando un café detrás de otro para conseguir mantener abiertos los ojos, al margen de la realidad, y encima eres tan masoquista que sólo piensas en volver a casa para encontrarte de nuevo con tu hijo. Cuando te mira con sus ojos tiernos y dulces, aprieta tu dedo con su manecita y crees que te sonríe, te recompensa de tal manera que hace que se te olviden los malos ratos y no cambiarías su llanto por nada del mundo.

Midori y yo asumíamos la paternidad con resignación. ¿De qué otro modo puede sobrellevarse? Nos faltaban horas, nos faltaban manos y nos sobraba inexperiencia para enfrentarnos al tirano que nos imponía con su llanto una nueva pauta. Nos habíamos habituado a no dormir, a no comer a una hora concreta, a no tener vida propia, habíamos dejado de ser personas para ser exclusivamente padres.

En este estado de cosas llegó la fecha en que nuestro retoño cumplía siete días, Midori quiso seguir la tradición y le bautizó caligrafiando su nombre en una hoja que luego colocó junto a la almohada del niño, su nombre sería Ken Akira Harris, llevando el nombre de los dos abuelos pretendíamos no indisponernos con nadie y dejarlos a todos contentos.

Vinieron las visitas y los regalos, ropa, animales de peluche, bañera, cochecito, trona, creo que Ken disponía de lo necesario hasta que fuese a la universidad. Mi amigo Andy y su compañera Tracy le regalaron una bicicleta, es que Andy es muy previsor. Cuando vio al niño, lo primero que se le ocurrió decir fue.

_¿Estás seguro de que es hijo tuyo? _le dirigí una mirada asesina_ Vale, vale. No es que cuestione tu contribución poniendo en tela de juicio la fidelidad de Midori, pero tienes que admitir que no se te parece en nada.

En efecto, Ken no tenía ningún rasgo en común con su progenitor, o sea, yo. Era un niño pequeño, de cabello negro y tez cetrina, ojos oscuros y ligeramente rasgados y boca, sí, tal vez la boca se asemejara a la mía. Aunque, sinceramente, lo que me mortificaba más era que, al enfadarse, veía en él el vivo retrato de Akira, y es que la genética puede llegar a ser bastante cruel.

8 de septiembre de 2007

Capítulo 71

Estábamos durmiendo, Midori exhaló un quejido ahogado que me despertó y se llevó instintivamente la mano al vientre.

_Me duele _profirió casi sin poder respirar.

_¿Son contracciones de parto? _pregunté yo que me había puesto en pie y comenzaba a vestirme a toda prisa.

_No, ya ha pasado _repuso jadeando y bañada en sudor.

_¿Estás segura? _volví a insistir.

_Sí, vuelve a la cama _me dijo antes de hacer una profunda mueca de dolor contenido.

_Ya veo que ha pasado _bromeé_ Vamos, voy a llevarte al hospital.

El dolor se hacía cada vez más intenso y tuve que ayudar a Midori a incorporarse de la cama, se vistió y yo preparé a toda prisa lo necesario, cogí la canastilla del bebé, la maleta de Midori, las llaves del coche y metiendo los bultos en el maletero reparé en que todavía llevaba puesto el pijama. Volví al dormitorio corriendo y me puse lo primero que encontré en el armario, bajé al garaje, arranqué el auto y, por ventura, antes de salir a la calle me percaté de que faltaba Midori. Grité su nombre desesperado y ella me respondió desde el pasillo, fui a buscarla, estaba apoyada contra la pared y bajo sus pies había un pequeño charco.

_He roto aguas _jadeó.

_Tranquila, tranquila. Todo saldrá bien, no te inquietes _era gracioso que yo, que tenía un canguelo espantoso, le recomendase serenidad_ A estas horas no hay tráfico y llegaremos enseguida al hospital _dije repitiendo los ejercicios de respiración que había aprendido en las clases preparatorias, igual que si tuviese que parir yo.

Envolví a Midori en una manta, la ayudé a sentarse en el coche y partimos raudos como una centella hacia la maternidad. En cuanto llegamos llevaron a Midori al paritorio, el niño estaba a punto de nacer. Yo quería presenciar el nacimiento, pasé al cuarto de esterilización para poder acompañarla y en algo menos de una hora de contracciones y esfuerzos nació el bebé más hermoso del mundo, mi hijo. Era tan, tan, tan perfecto y maravilloso que no pude contener las lágrimas de felicidad que resbalaban por mis mejillas trémulas. La comadrona colocó al niño en el regazo de su madre y los dos lloramos contemplando emocionados a aquel pequeñín que dormía plácidamente.

Cuando tuve a mi familia instalada en la habitación, telefoneé a mis padres, con el jaleo me había olvidado de ellos. Se presentaron enseguida a conocer a su nieto y al poco también vinieron Daniel, Rose y Susan, que se consumía de impaciencia por conocer a su primo. Mientras todos admiraban embelesados los bostezos de mi hijo, me acordé de que debía avisar a Akira, hice un rápido cálculo mental, si aquí eran casi las cuatro de la madrugada, allí deberían ser... Era igual, seguro que me perdonaban que les molestara a cualquier hora, por intempestiva que fuera, para anunciarles el nacimiento.

Chinako respondió al otro lado del auricular.

_“Moshi, moshi”.

_“Komban wa”, buenas noches _saludé_ Soy Bruce, Midori acaba de dar a luz un niño.

Chinako no me respondió, quizás fuera debido a la alegría o a que no comprendía del todo mis palabras, como no sabía a ciencia cierta a cuál de los dos motivos atribuir la causa, le pedí que se pusiera Akira para poder comentarle a él las novedades, y transcurridos unos instantes me informó que su marido aún no había regresado del trabajo, pero que le comunicaría la noticia inmediatamente. Se interesó por la salud de Midori y le respondí que ella y el bebé estaban bien, nos felicitamos mutuamente y nos despedimos.

1 de septiembre de 2007

Capítulo 70

Durante la cena le comenté a Midori aspectos de mi viaje a Tokio, la entrevista que mantuve con sus padres, el reencuentro con mis antiguos colegas, las agotadoras jornadas de trabajo y mis meteduras de pata en la ceremonia del té a la que fui invitado.

Yo no tenía ni la más remota idea de en qué consistía este ritual. Entré en la estancia llamada “suyika”, que originariamente significa, morada de la fantasía, y me puse, como todos los participantes, de rodillas sobre los tatami. Primero nos ofrecieron un plato con pasteles de colores: blanco, azul, rosa, amarillo y verde, y yo dudé sobre cuál elegir porque, conociendo a los japoneses, me temía que habría que seguir algún orden determinado, pero no. A continuación, se ha de saludar a la persona que está a nuestro lado y decirle “usted primero”, tomar un pastelito y pasar el plato al siguiente, ¡ah! el pastel hay que comerlo tapándose la boca con una pequeña servilleta de papel, algo que yo no hice. Mientras tanto una señorita prepara el té a los invitados. Cuanto se recibe la taza, hay que colocarla sobre la rodilla izquierda, yo no lo sabía, y saludar otra vez al vecino para decirle de nuevo “usted primero”, también ignoraba esto. Acto seguido se debe colocar la taza frente a uno y saludar y agradecer al que ha preparado el té, con la mano derecha se pone la taza en la mano izquierda y luego hay que acercarla dos o tres veces a la boca antes de beber un té amargo hasta la repugnancia.

Midori se rió mucho con mis apuros, lo que le hizo menos gracia fue el asuntillo del café “dohan”.

_Una mujer no debe conocer ciertos actos de su marido, es mejor para ella. Todas suponemos, pero nadie se atreve a saber, no sería educado _expresó Midori con convicción.
Respiré tranquilo, si llego a explicarle esta anécdota a Dianne, hubiéramos tenido una bronca monumental. Por suerte para mí, las mujeres japonesas son mucho más tolerantes que las norteamericanas.

25 de agosto de 2007

Capítulo 69

Al día siguiente, salí temprano de casa, tenía previsto ocuparme de cierto asunto. En primer lugar fui a la plaza Unión y después de visitar varias tiendas compré un regalo. Llamé a Midori por teléfono y le dije que se vistiera muy elegante porque iba a pasar a recogerla para comer fuera, regresé a casa y me puse uno de mis mejores trajes, Midori me observaba llena de curiosidad, en cuanto ambos estuvimos listos, bajamos al garaje, nos metimos en el coche y yo conduje hasta el hotel Sheraton Palace, una vez allí pasamos al lujoso restaurante. Midori estaba maravillada en medio de aquel escenario, el boato del hotel más antiguo de la ciudad, con su impresionante jardín de palmeras y su cúpula de cristal, era el marco perfecto que requería una ocasión tan especial. Nos sentamos a la mesa que había reservado previamente y degustamos un soberbio menú, a los postres saqué del bolsillo de mi americana un pequeño paquete rojo atado con un lazo plateado, lo coloqué sobre la mano temblorosa de Midori y le pedí.
_Ábrelo.

Ella obedeció. Separó con cuidado el envoltorio de la caja y al abrirla extrajo el solitario con un diamante que le había comprado. No se atrevió a sacar la joya de la caja y me miró a los ojos emocionada.

_Debería haber hecho esto mucho antes, cuando te pedí que fueras mi esposa, pero en aquel momento no podía permitírmelo. Te quiero, Midori. Cada día que pasa me siento más afortunado de tenerte a mi lado _le coloqué la sortija en el dedo y ella la admiró lucir en su mano y me dedicó una sonrisa cargada de afecto.

Después de una silenciosa sobremesa en la que sobraba cualquier otra cosa que no fuese el fuerte sentimiento que nos unía, fuimos a casa de mis padres, les había telefoneado para que nos esperasen con Daniel y su familia. Desde el instante en que nos reunimos, todos tuvieron la impresión de que aquélla no sería una visita como las otras, y acertaron, si les había convocado era porque deseaba dejar claros los planteamientos básicos que deberían regir en adelante nuestra relación familiar.

_Tengo algo importante que comunicaros _dije quedándome de pie en la sala mientras los demás estaban sentados alrededor de la mesa.

_Sabía que algo os pasaba _me interrumpió mi madre muy alarmada.

_No os separaréis, ¿verdad? _preguntó Daniel con miedo.

_¿Queréis dejar de hacer conjeturas precipitadas y atenderme, por favor? _se hizo el silencio, todas las miradas se fijaron en mí_ Midori y yo os agradecemos muchísimo todo lo que estáis haciendo por nosotros desde que llegamos. No hay palabras para elogiar vuestros esfuerzos por ayudarnos en cuanto hemos necesitado, pero a la par habéis desarrollado una actitud proteccionista respecto a Midori que tiene que acabar. Conseguís, sin pretenderlo, que se sienta incómoda, no puede desarrollar ninguna iniciativa personal porque vosotros se la censuráis y le imponéis vuestras ideas. Para ella ya resulta bastante complicado adaptarse al cambio cultural que está viviendo, no se trata de que abandone sus costumbres para adoptar las nuestras, de lo que se trata es de que en nuestro hogar ambas culturas confluyan en una sola, sin que prevalezca una sobre otra. No es justo que le inculquéis a Midori las tradiciones americanas y nuestros valores patrióticos, que reciba clases de cocina, de limpieza, de decoración o vestuario. Ella es una persona adulta, tiene su propia manera de ser, de pensar y de actuar y os agradecería que respetaseis sus criterios y fueseis más tolerantes _concluí con mi argumentación.

Todos guardaron silencio tras mi disertación, supongo que les molestaba reconocerlo, pero lo cierto es que se habían extralimitado al intentar hacer de Midori otra norteamericana a nuestra imagen y semejanza. Mi padre fue el primero en admitir la razón de mis argumentos, guiados por la mejor voluntad habían pretendido que Midori asumiese por propias unas costumbres diferentes, deseaban que se encontrase tan arropada y protegida por la familia que la estaban ahogando sin quererlo. Daniel también reconoció su parte de culpa, el día de Acción de Gracias la familia se había reunido sin mí, ya que estaba en Tokio, llevaron a Midori a la iglesia y le enseñaron a preparar una comida tradicional: el pavo, el relleno, la salsa... Rose reconoció que quizás se entremetía demasiado en el modo de vestir de Midori y en la manera en que debía ordenar y llevar la casa.

A mi madre le costó aceptar que las lecciones gratuitas que le impartía a Midori sobre el embarazo, la maternidad y la educación del bebé, así como su afán por arreglarnos la existencia, era desmedido, y le enojaron un poco mis palabras.

_No te preocupes, hijo. En adelante no iré a molestar a tu casa ni me meteré en vuestra vida _concluyó herida.

_Mamá, no tergiverses mis palabras. Yo no he dicho que nos molesten tus visitas diarias ni tus consejos, sólo intento que comprendas que Midori y yo necesitamos una parcela privada, hacer las cosas a nuestra manera y no como tú ordenes _manifesté sin querer incomodarla, pero haciendo hincapié en mis peticiones.

_Lo he entendido perfectamente. Tranquilos, no volveré a hacerme la pesada _replicó mi madre disgustada por mi exposición.

_El tío Bruce no quiere decir eso, abuela _intervino Susan que había escuchado atentamente la discusión familiar_ Él y Midori se acaban de casar y quieren estar solos, no les apetece que nadie se presente en su casa sin avisar y les diga cómo tienen que poner la cama del dormitorio o qué deben cenar. Conmigo hacéis lo mismo y ya estoy hasta las narices.

Susan nos sorprendió a todos, ella había captado perfectamente mis deseos porque también se sentía manipulada y aprovechó la ocasión que se le presentaba para reivindicar su derecho a una mayor libertad. Al final se hicieron buenos propósitos para enmendar antiguos errores y la concordia volvió a reinar.

_¿Os quedáis a cenar? _preguntó mi madre conciliadora.

Rehusé su amable invitación, había permanecido separado de Midori demasiados días y me apetecía disfrutar a solas de su compañía. Nos despedimos y regresamos a nuestra casa.